
Sed bienvenidos y bienvenidas a un nuevo artículo de «Visibles y Reales». Febrero ya llegó y con él los carnavales a nuestra querida ciudad. Después de un año de ausencia por COVID vuelven con más fuerza y nada mejor que el año en el que por fin han conseguido ser reconocidos como fiesta de interés turístico internacional.
Una de las cosas que más recuerdo de cuando era pequeño eran aquellas tardes de verano en casa viendo películas del Oeste. Recuerdo aquellas tardes de agosto tumbado en el sofá, viendo una sucesión de películas, en algunos casos de escasa calidad, que me transportaban al salvaje Oeste de forajidos, indios, mexicanos, sheriffs y demás habitantes del Oeste americano.
Aunque la mayoría de aquellas películas no solían ser precisamente obras de arte, había días en los que había suerte y te encontrabas con verdaderos clásicos del género, de la mano de John Huston, John Ford, David O. Selznick o Sergio Leone dirigiendo a Clint Eastwood, Henry Fonda, James Stewart, Robert Mitchum y al legendario John Wayne, más conocido como The Duke. También estaba aquella pareja incombustible que formaban Bud Spencer y Terence Hill en la saga de Trinidad.
Ellos hacían de buenos e incorruptibles héroes del salvaje Oeste ante las injusticias de los malvados terratenientes o los indios, dependiendo del guion o del momento histórico. Aunque en contadas ocasiones también hacían de malos e incluso de indios, no hay que olvidar a Burt Lancaster haciendo de apache en la película homónima.
Todas estas películas, ya fueran superproducciones norteamericanas o italianas, o simplemente películas de serie B y Z en algunos casos, tenían algo en común: el tratamiento que daban a la imagen de la mujer. Las mujeres en estas películas, si salían, solían ser abnegadas amas de casa y fieles esposas, o prostitutas. Y si se trataba de mostrar a las mujeres indias, estas solían salir en pantalla con miradas impasibles, sin pronunciar palabra alguna.
Era como si hubieran cogido a un grupo de mujeres de alguna reserva, les hubieran puesto sus trajes ceremoniales y les hubieran dicho que tenían que quedarse quietas durante cinco minutos mientras los hombres rodaban la escena. Pero ¿tan insignificante e invisible era el papel de las mujeres en el salvaje Oeste? Este mes, en «Visibles y Reales», descubriremos la verdad.
Gracias a la compra de Luisiana a España, la anexión de Texas y la guerra contra México, en la que esta perdió la mitad de su territorio, los Estados Unidos casi habían completado aquel sueño original de las trece colonias: extenderse hacia el Oeste a mediados del siglo XIX.
La expedición de Lewis y Clark había demostrado, con el descubrimiento del paso hacia el Pacífico, que existía una gran cantidad de tierra que podía ser colonizada. Claro que los indios no estaban de acuerdo con eso. La llegada en masa de colonos, especialmente tras descubrirse oro en el Oeste, y la lenta pero imparable construcción del ferrocarril de manos de la Union Pacific, que conectaría el Este con el Oeste, habían invadido las zonas de caza y cría de ponis de los indios. Esto había puesto en pie de guerra a no pocas tribus de la zona.
Durante más de 30 años, en lo que se llamarían las Guerras Indias, las distintas tribus del norte, centro y sur del Oeste americano lucharon contra el invasor blanco o entre ellas, a causa de tratados que hacían que las tribus tuvieran que compartir espacios vitales con otras tribus tradicionalmente enfrentadas, por su supervivencia. La mayoría no lo consiguió y acabaría sus días en reservas áridas, obligada a labrar la tierra y abandonar sus costumbres nómadas como buenos cristianos.

En este contexto de expansionismo colonial del siglo XIX, las mujeres de Estados Unidos tenían una visibilidad muy nominal en la mayoría de los campos de la sociedad y su vida estaba totalmente supeditada a la voluntad de su padre primero y de su esposo después. Su presencia en la vida pública era puramente testimonial, pues no podían ejercer puestos políticos ni administrativos, ni tan siquiera podían hablar en público, pues, como se comentaba en aquella época, a nadie le interesaba la opinión de una mujer.
Esta frase solía estar respaldada con numerosos estudios realizados por «expertos» que afirmaban que el cerebro de una mujer era, sin lugar a dudas, más pequeño que el de un hombre. Esa creencia hacía que muy pocas cursaran estudios secundarios y no tuvieran derecho al voto. En algunos distritos del país las mujeres podían votar antes de obtener el derecho a nivel federal en 1920, pero lo cierto es que la gran colonización del Oeste trajo ciertos cambios en la situación de las mujeres.
En primer lugar, como hemos dicho, las zonas donde se instalaban los colonos eran en su mayoría territorios indios, cuyos habitantes solían hacer incursiones en dichos asentamientos, constituidos en su mayoría por escasas casas muy separadas unas de otras. Eso hizo, junto al hecho de que en ocasiones los hombres debían pasar varios días fuera con el ganado, que muchas mujeres tuvieran que aprender a manejar armas de fuego para defender sus hogares. Imbuidas del espíritu de aventura que había llevado a cientos de colonos a tierras sin explorar, se convirtieron en buenas exploradoras.
Dentro de las sociedades más grandes, su papel era fundamental, pues solían ser la base y la inspiración para la construcción de escuelas e iglesias para la comunidad y, junto a sus maridos o familiares, regentaban negocios de vital importancia en la zona. Además, muchas mujeres continuaron realizando tareas que habitualmente estaban reservadas para ellas, como lavanderas, cocineras, limpiadoras, enfermeras y cuidadoras, y, cómo no, ejerciendo la prostitución.
La idea de negocio en las nuevas tierras atrajo a numerosos proxenetas, que rápidamente abrieron sus prostíbulos. Junto a los salones, las iglesias, las escuelas y las tiendas, estos formaban la espina dorsal de los asentamientos y se han convertido en la imagen icónica del imaginario del salvaje Oeste.
Nuestra primera protagonista reflejaba muy bien el nuevo espíritu de las mujeres de la zona conocida como «la frontera». Vestía como un hombre, sabía disparar con gran precisión y montaba a caballo mucho mejor que la mayoría de los cowboys. Se llamaba Martha Jane Canary-Burke, pero sería mucho más conocida como Calamity Jane.
Nació en 1851 y perdió a sus padres siendo muy joven, con tan solo un año de diferencia. Antes de los 18 ya había trabajado como enfermera y lavaplatos, pero su pasión era la exploración de aquellas nuevas tierras vírgenes para los blancos y no tardó en unirse al ejército como exploradora. Aunque no se sabe con exactitud si se alistó o si lo hacía como contratista independiente, lo cierto es que serviría con algunos de los oficiales más conocidos de las Guerras Indias, como el general Crook. Bajo sus órdenes recorrería 90 millas en tiempo récord, cruzando el río Platte para entregar un mensaje y enfermando de neumonía, que casi le costó la vida.
También contaría que sirvió bajo el mando del mismísimo Custer, pero no hay pruebas de ello. Durante esta época fue cuando recibió su apodo, pues solía decirles a los soldados que sería una «verdadera calamidad» si alguien se metía con ella.
Tras su paso por el ejército se unió a la caravana de Charlie Utter y Wild Bill Hickok, otro famoso explorador y marshal del Oeste a quien Jane admiraba en exceso, rumbo al asentamiento de Deadwood. Era un pueblo enclavado en tierra de nadie, donde proxenetas, comerciantes, buscadores de oro, cazadores y jugadores de cartas se establecieron en medio de las montañas de Black Hills. Sería en ese pueblo donde Wild Bill Hickok sería asesinado por la espalda durante una partida de cartas.
Jane cayó entonces en un descenso a los infiernos, teniendo graves problemas con el alcohol y siendo conocida por inventarse grandes historias sobre sus grandes logros: el ya mencionado trabajo con Custer, que había derrotado a una tribu de siux sin ayuda de nadie e incluso que se había casado y tenido un hijo, o una hija, según las distintas versiones, con Bill Hickok.
La mayoría de las historias era o bien totalmente falsa o bien tremendamente exagerada. Aunque sobre su boda con Hickok parece que sí pudo ser verdad, no así lo de su embarazo. Tras unos años oscuros, en los que trabajaba ocasionalmente para pagarse el alcohol como lavandera o como enfermera tras un brote de viruela en Deadwood, Jane encontró trabajo en el show itinerante de Búfalo Bill, como Hickok, un antiguo explorador y empresario.
El Wild West Show fue un espectáculo muy diverso, con exhibiciones de jinetes, puntería y representaciones teatrales de grandes eventos, como la muerte de Custer. Allí Jane pasó sus últimos años hasta su muerte, en 1903, a causa de una neumonía. Fue enterrada junto a Wild Bill Hickok.
Otra mujer que compartía los focos con Jane en el Wild West Show fue Phoebe Anne Oakley Moses, más conocida como Annie Oakley. Desde muy joven se dedicó a la caza para ayudar a su familia, vendiendo la piel y la carne de los animales cazados. Aquella actividad le hizo adquirir una excelente puntería y pronto empezó a presentarse a concursos de tiro. En uno de ellos conoció a su marido, Frank Butler.
Juntos iniciaron una gira por los Estados Unidos, primero, y por Europa después, donde Annie era la estrella principal. Era capaz de acertar una moneda en el aire con una bala y apagar un cigarro puesto en la boca de su esposo. Su gira causó gran repercusión a nivel mundial y, en una visita al Imperio alemán, el propio káiser Guillermo I se prestó como voluntario para el número del cigarro. Murió en 1926 y ha sido incluida en el Salón de la Fama de la Mujer de los Estados Unidos.
Pero no solo de mujeres blancas está formada la historia del salvaje Oeste. Una parte importante de esta conquista de tierra está ligada a los indios de las llanuras, que vieron cómo, en cuestión de poco más de 30 años, sus grandes y ancestrales tierras eran robadas por colonos, empresas, cazadores o por el mismo Gobierno federal, que les confinó en diminutas reservas y les obligó a abandonar su forma de vida por otra más acorde con los estándares blancos.
Aunque existía una multitud de tribus, la mayoría de ellas tenía costumbres muy similares en su forma de vida. Eran nómadas que se desplazaban en primavera y verano a las zonas de caza de búfalos y se refugiaban en invierno con sus provisiones. Sus sociedades eran muy patriarcales y belicosas, y el papel de la mujer estaba muy limitado. Aunque existían deidades femeninas, los puestos de jefe de paz y de guerra, así como los espirituales, estaban reservados a los hombres más fuertes y sabios.
Si bien es cierto que existen algunos registros de mujeres que fueron excelentes guerreras, además de exploradoras y muy buenas jinetes, su papel estaba reservado a esposas encargadas del cuidado de los campamentos.
Otro de los trabajos frecuentes para las mujeres fue el de intérpretes para los oficiales y exploradores blancos, como en el caso de Sacajawea, una india shoshone que hizo de intérprete y exploradora de Lewis y Clark en su viaje para descubrir una ruta hacia el océano Pacífico. Fue uno de los viajes más importantes de la exploración del territorio norteamericano.

Lozen fue un raro ejemplo de una gran guerrera y líder de su pueblo, los apaches, en sus últimos días. Fue la principal consejera de su hermano, el jefe apache Victorio, con quien luchó tanto contra soldados estadounidenses como contra mexicanos a ambos lados de la frontera del río Bravo. Se cree que participó en al menos 15 combates, en algunos casos como líder de la partida de guerra, y fue ella la que logró poner a salvo a su pueblo en los límites de la reserva cuando era perseguido por soldados de ambas naciones. Fue una de las últimas dirigentes de los apaches.
Aunque su presencia en la sociedad fuera muy testimonial y reservada, las mujeres, blancas o indias, de la frontera supieron adaptarse a los nuevos tiempos y a las adversidades para encontrar un nuevo lugar dentro de aquellas comunidades fronterizas. Ya fuera como guerreras, lideresas, exploradoras, jinetes, pistoleras o empresarias, las mujeres demostraron una vez más que no había nada que no pudieran hacer. La revolución social de la mujer estaba en marcha y no había vuelta atrás, pero eso es otra historia.

