
Sed bienvenidos y bienvenidas a un nuevo artículo de “Visibles y Reales”. No hay nada mejor que un mes que empieza en festivo y, si además el tiempo acompaña, se disfruta el doble.
Otras personas que también saben mucho de lo que es disfrutar son las de Sevilla, que este año, por fin, han podido celebrar su tradicional feria de Sevilla, con sus casetas, su rebujito, sus calles con nombres de toreros -y que no os engañen, no existe la calle de Jesulín de Ubrique-, sus paseos a caballo y sus trajes de sevillanas tradicionales.
Otra cosa que también parece más envuelta en tradiciones que en la innovación es la RAE. Una institución que tardó 265 años en incluir a una mujer entre sus filas y que, elevada desde su fundación como la gran defensora de la lengua castellana en todo el mundo y valedora de qué vocablos son correctos y cuáles no, parece haber perdido de vista sus objetivos hace tiempo.
Sí, es cierto que vela por la lengua castellana, pero más centrada únicamente en la hablada y escrita en España que en la practicada en toda Latinoamérica. Y en lo referente a los vocablos, la RAE olvida convenientemente que la lengua nos pertenece a todas las personas que la hablan y a un puñado de académicos más empeñados en conservar su sillón y el prestigio que les pueda proporcionar que en escuchar las evoluciones del lenguaje.
Prueba de esta exclusividad no compartida sobre el lenguaje nos la podemos encontrar en la figura de María Moliner y su Diccionario de uso del español.
Nuestra protagonista de hoy es alguien muy desconocido para la mayoría y, especialmente, su obra, y eso que es autora del que es considerado como el segundo diccionario en cuanto a referencia, aunque hay gente de la talla de Gabriel García Márquez que lo consideran “más de dos veces mejor que el de la Real Academia de la Lengua”, más importante de la lengua española, con el mérito de haberlo realizado totalmente sola durante 15 largos años. Hoy en “Visibles y Reales” vamos a conocer la fantástica historia de María Moliner.
Orígenes y formación
María Moliner nació en 1900 en Paniza, una localidad zaragozana, en el seno de una familia acomodada. Su padre era médico rural y su madre poseía tierras, lo que hizo, entre otras cosas, que sus tres hijos pudieran recibir una educación superior.
Menos de dos años después de su nacimiento, la familia se traslada a Madrid. En la capital inicia sus estudios en la Institución Libre de Enseñanza, donde recibió clases de la mano de Américo Castro, reconocido filólogo e historiador perteneciente a la generación del 14 o novecentismo, una generación menos conocida que la del 98 o la del 27, pero que aun así contó con representantes tan ilustres como Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Manuel Azaña, Clara Campoamor o Victoria Kent. Este encuentro le haría sentir gran fascinación por la gramática y la lexicografía.
En 1912 su padre, quien había conseguido un puesto como médico de la marina y, tras realizar su segundo viaje a Argentina, abandonó a su familia y se instaló allí. Si bien es cierto que al principio enviaría dinero desde allí, aquello no duró demasiado y es por ello que, en 1915, la familia decide mudarse a su Aragón natal, donde su madre, además de las tierras que poseía, contaba con apoyo familiar.
En estos tiempos de dificultades, cuando la familia sobrevive en parte gracias a las clases particulares que María Moliner imparte, consigue modestos, pero muy valiosos, ingresos para la familia a su vuelta a Aragón tras su paso por Madrid.
Entre 1917 y 1921 comienza su andadura como filóloga y lexicógrafa en el Estudio de Filología de Aragón, mientras estudia en la Universidad de Zaragoza, en la facultad de Filosofía y Letras, donde se licencia en Historia con las máximas calificaciones y premio extraordinario en 1921, algo que su hermana Matilde repetiría cuatro años más tarde.
Tan solo un año más tarde se une al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, siendo su primer destino la Biblioteca Nacional en Madrid, después la delegación de Hacienda de Murcia y, hacia el final de la década, la misma delegación, pero esta vez en Valencia. En la capital del Turia conoce a su marido, el catedrático Fernando Ramón Ferrando. Es también hacia finales de los años 20 cuando nacen sus hijos.
La siguiente década será la más productiva en su carrera. Para empezar, durante toda la década estará vinculada a la Institución Libre de Enseñanza en su colaboración con las misiones pedagógicas. Estas misiones fueron un proyecto cultural instaurado durante el gobierno de la Segunda República con el objetivo de llevar la cultura a los pueblos de la España interior, en su gran mayoría allí donde el analfabetismo era muy elevado.
Estas misiones tenían tres objetivos: la creación de bibliotecas rurales, representaciones teatrales y exposiciones de pintura pertenecientes a los museos culturales. Se llegaron a fundar más de 5.500 bibliotecas populares, casi 300 representaciones teatrales y casi 200 exposiciones, de las que se encargaban 600 “misioneros/as” a modo de voluntarios/as y donde colaboraba gente de la talla de María Zambrano, Luis Cernuda, Lorca, Carmen Conde y un largo etcétera de intelectuales españoles de todas las disciplinas.
Incluso durante la guerra, con menos personal, siguió funcionando e introdujo nuevos servicios culturales, como la representación de películas. La labor de María Moliner fue muy importante en la fundación y gestión de las bibliotecas populares, que llegaron a contar con más de 600.000 volúmenes de todos los géneros. Su texto Bibliotecas rurales y redes de bibliotecas en España fue muy bien recogido tanto en España como en el resto del mundo.
Las misiones eran un plan ambicioso, que pretendía llevar la cultura en todas sus vertientes a una sociedad analfabeta y rural, pero, como todos los grandes avances culturales y sociales que la Segunda República llevó, o intentó llevar, a cabo, la guerra civil los entorpeció y el franquismo los cerró. En el caso de las misiones, estas vieron su fin oficial en 1940, cuando el propio Franco declaró que eran el “Apostolado del Diablo”. Por suerte, su legado renació y continuó en América Latina de manos, entre otros, de “misioneros” exiliados.

Aunque fue su trabajo principal durante toda esa época, no sería ni por asomo el único. Entre sus otros trabajos destacan su labor como directora de la biblioteca de la Universidad de Valencia; participó en la Junta de Adquisición de Libros e Intercambio Internacional, que tenía el encargo de dar a conocer al mundo los libros que se editaban en España; y desarrolló un amplio trabajo como vocal de la Sección de Bibliotecas del Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico, creado en febrero de 1937.
En esta última labor, Moliner fue encargada de la Subsección de Bibliotecas Escolares. Desde allí, en 1938, diseñó el proyecto del Plan de organización general de Bibliotecas del Estado. La lucidez y capacidad organizativa de María Moliner van a quedar plasmadas en las directrices que redacta como Proyecto de Plan de Bibliotecas del Estado, las cuales se publicarán a principios de 1939, considerado “el mejor plan bibliotecario de España”.
El fin de la guerra y la derrota de la República llevó consigo la represión, depuración y odio de los vencedores. Tanto su marido como ella fueron depurados de sus puestos; ella, en concreto, descendió 18 puestos en la escala de funcionariado. Su marido fue reincorporado a su puesto en 1946 como catedrático de física en la Universidad de Salamanca.
Ella tendría que esperar 19 años, hasta 1958, para recuperar su antiguo estatus y posición. El mismo año en que su marido fue rehabilitado, ella se incorporó a la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid, llegando a ser su directora hasta su jubilación en 1970. Es en esta ciudad donde moriría en 1981.

Una vez repasada la vida y obra de esta gran mujer, nos toca hablar de lo que sería su mayor logro y por lo que es, sin duda, recordada: su Diccionario de uso del español. Vamos a conocer mejor en qué consiste.
El Diccionario de uso del español
A principios de los años 50 empezó la confección de lo que ella misma consideraba “un pequeño diccionario”. Su interés, más allá de su amor por las palabras, eran las deficiencias que ella había observado en el diccionario de la RAE, por lo que decidió establecer uno distinto que fuera más amplio y que no se limitara solo a las definiciones.
Su Diccionario era de definiciones, de sinónimos, de expresiones, frases hechas y de familias de palabras. Además, anticipó la ordenación de la Ll en la L y de Ch en la C -criterio que la RAE no seguiría hasta 1994-, así como términos de uso ya común que la RAE no había admitido, y agregó una gramática y una sintaxis con numerosos ejemplos.
Era un diccionario único, no versado en la autoridad, sino en la ausencia de ella, tal y como María Moliner solía decir. Durante 15 años y siempre desde su casa, al finalizar su jornada laboral de 5 horas, sentada junto a la mesa del salón, con sus tarjetas de papel, su pluma “Mont Blanc” y su máquina de escribir Olivetti como herramientas, realizó una obra única y original que rivalizaba en importancia con la RAE.
Gabriel García Márquez llegó a decir, como ya adelantábamos antes: “María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria”.
Gracias a un acuerdo con la editorial Gredos, en 1966-1967 salió la única versión autorizada por ella. Desde entonces han salido otras versiones que amplían el contenido.
El rechazo de la RAE
En cuanto a la RAE, simplemente se dedicaron a ignorar su escrito y mantener la exclusividad de ser los únicos en poder publicar el único diccionario aceptado, el suyo. Pero no quedó ahí el desplante.
En 1972, a petición de académicos como Dámaso Alonso, Rafael Lapesa y Pedro Laín Entralgo, fue propuesta para entrar en la RAE, puesto que le fue denegado, continuando la RAE sin presencia femenina hasta la entrada de Carmen Conde en 1979. Entre los motivos que se dieron nos encontramos con los que hacen referencia a que no era filóloga de carrera, que era mujer o que su diccionario no recogía palabras malsonantes.
Pero, si denegarle su entrada en la RAE no fuera suficiente, tan solo un año después la RAE, por unanimidad, decidió premiarla por sus trabajos en pro de la lengua, con el galardón Lorenzo Nieto López. Naturalmente, lo rechazó.

En 2021 la RAE, a través de su director Santiago Muñoz Machado, declaró que fue un error, propio de una academia machista, no haber incluido a María Moliner cuando se tuvo la oportunidad.
El diccionario de la RAE, actualmente en su 23.ª versión, se reedita cada ciertos años y en su elaboración participan un gran número de profesionales y académicos; supone un trabajo titánico. Pues ahora pensemos en lo que debe ser hacer un diccionario el doble de grande, de casi 3.000 páginas, y hacerlo totalmente sola y en tu tiempo libre.
Personalmente pienso que 15 años son muy pocos para todo ese trabajo y lo peor es que tan poca gente lo conozca, pero eso, por desgracia, es otra historia.
