
El sábado, mientras bebíamos unas cervezas con los últimos rayos de sol del día, observábamos a unos niños de unos cuatro años de edad darse la mano, conducirse el uno al otro de un sitio a otro, ayudarse a subir a los columpios y darse tiernos besos en las mejillas. Alguien en ese momento dijo: «¿Y si esto dura para toda la vida?». Y entonces yo, desde el agujero que hay en la ventana que es ahora mi corazón, miré a la niña.
Los amores de verdad duran toda la muerte, porque para toda la vida no dura nada, pensé para mí. Al mismo tiempo imaginaba a esa niña pensando en la primera vez que tuviese una cara llena de pecas entre las manos y descubriese que hay mil lugares donde se puede abrazar la Vía Láctea. Pero eso también pasará, cariño.
Como el aire en la nuca entre las gotas de sudor. Como tu canción favorita.
Como tus abuelos, cariño.
Como la primera vez que te dijo que te quería y ese minuto no duró cien años más.
Esos niños, esos pájaros de Portugal, que soñaban con ver el mar y, cuando llegaron, tampoco fue para tanto. «No conocían el mar y se les antojó más triste que en la tele». Como la vida fuera de cualquier red social, cariño.

Kevin no guardará en su cartera una tarjeta con tu nombre durante treinta años, hasta que te hayas divorciado. Pero la terapia sí que te librará de unirte al próximo desde la carencia.
Perdón por la tristeza. Pero es que he querido, he querido desde esa inocencia.
Como quiso Amy a Pete, que no le dio una buena vida, pero sí unos blues pre-mortem cojonudos.
La vida es como Perséfone tejiendo las infidelidades de Zeus en el tapiz, una tras otra, tras otra, sin filtro alguno. Atenea son las redes sociales, convirtiendo esas verdades en arañas para acallar su verdadero rostro.
Y entonces, cariño, se presentarán ante ti amores que efectivamente no durarán toda la vida, pero sí toda la muerte.
Un día después de que te hayan roto el corazón, harta de los expertos en autoayuda de Instagram, harás llegar a tus manos los poemas de Luis García Montero a Almudena y no harás caso a lo que he dicho anteriormente, y creerás firmemente que habrá gente que te va a querer incondicionalmente cuando San Pedro le ponga las llaves en la mano o Hades lo meza en su barca.
Y entonces, cariño, te verás con mi edad, edad en la que ya he oído más veces de las que me gustaría: «¿Si no te quieres tú, quién te va a querer?». Y verás a esa niña que besa a ese niño en el parque con inocencia y le dirás: «Yo. Te voy a querer y a cuidar yo». Y si te rompen el corazón, te voy a abrazar, hasta unir tus partes rotas.
Después de romperme el corazón no espero que ninguno de mis ex se sienta orgulloso, pero sí la niña que fui. ¿Y si esto sí que dura para siempre?
